El concilio de Salem
Entramos
a la cafetería y él se llevó todas las miradas. No pasaba inadvertido, tan rubio, con cabello largo hasta los hombros, ojos claros como el agua, ese rostro que
ahora escondía tras gafas de sol; ¡y su
cuerpo escultural!
Ordenamos
unos cafés humeantes, nos sentamos en un rincón y lo miré tamborileando las manos en la mesa, mientras él
sonreía a una chica.
Me
estiré para tomarlo de la barbilla. No se molestó, volvió su rostro a la chica, sonrió y le guiñó
un ojo. No sabía si me molestaba más eso o que no hablara, así que me concentré
en sus palabras.
—
La gran Fae, tu madre, debe enseñar a su hija todo lo que sabe; prepararla como su sucesora en el Concilio de
brujas. Si esto no ocurre, y por algún accidente su hija muere, otro brujo
tomará el poder. Todo en este mundo se rige por saber de qué lado te encuentras,
y tu madre tiene muchos enemigos— Tomó
un trago de café, mientras yo asimilaba la información. —Hay fieles a tu madre
que buscan protegerte hasta que decidas, después … estará hecho.
—
¿Decidir?

